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De la tristeza

¿No es, al fin, en la vida del hombre, la soledad quien dicta el comportamiento del ser, quien tiene como único don a sí mismo para hacer de su vida una consciencia, una referencia?

Sin embargo, la tristeza ha acaparado tanto valor, esencial y distintivo, que ha podido atraer hacia sí la preeminencia de ser objetivo propio, una preferencia significada para el pensamiento. Es, entonces, en sí misma contenedora de valor, de relevancia sin dejar de ser en otro, de pertenecer a algo para otorgarle distinción, identidad.

¿Identidad? ¿La tristeza como identidad? Tal vez. Tal vez no esa identidad formal, reiterada, acumulativa y física que el tiempo va engendrando en el hombre, pero sí una identidad al modo de una presencia espiritual. Esto es: más una referencia que un acto, más un susurro que un grito, una propensión que una actitud…

La tristeza, pues, crece y se alimenta (y no siempre, paradójicamente, de tristeza, como a los simples pudiera parecer) y construye lentamente su código de conducta y supervivencia a través de una percepción determinada de la belleza, a través de un criterio lógico único e intransferible; a través de un grado de aceptación que elabora por dentro de sí mismo un canon de armonía que se ha de convertir en inevitable como conducta, como sello de identificación. 

Medio de comunicación: Entreletras

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