Don Qujote y el mar
El caballero de la Triste Figura, al verse frente al mar, se sobrecoge por su infinitud; su visión le lleva a encender el ánimo por causa de su grandiosidad. Y en tal instante acaso piense: ¿no hay, en ese paisaje de donde viene y a donde va el hombre, destino para sus honrosas hazañas? He ahí, delante suyo, la oportunidad de esta reflexión y la alta ceremonia que ha lugar en el corazón de un gran hombre ante un paisaje heroico, propio de los sueños.
El prólogo, digamos, del descubrimiento por parte del Caballero de ese paisaje nuevo, el mar, está descrito en el libro con rasgos de cuidada teatralidad y sugerencia: «Quedóse don Quijote esperando el día, así a caballo como estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores…». Y, un poco más tarde: «Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo horizonte poco a poco se iba levantando»…
A sabiendas de que todo libro es, por sí mismo, invitación a un viaje, ¿por qué no nos aproximamos en volandas imaginarias por los destinos de la mar? Eso sí, siempre en compañía de nuestro egregio caballero y su fiel escudero.
Medio de comunicación: El Cuaderno
