El aforismo o la formulación de la duda
De Lichtenberg, ese gran aforista (¿o habría que decir, quizás, moralista? ¿Tal vez esteta, un esteta vital? ¿No podrían ser éstos algunos de los alegatos adjetivados que se podrían esgrimir en favor del aforista, del solitario aforista?) se ha dicho muchas veces que, de hecho, carece de una obra literaria propia. He aquí, sin embargo, que, teniendo como único bagaje literario sus cuadernos de aforismos, puede decirse que ha aportado al mundo de la creación mayor peso especifico y mayor influencia en sus contemporáneos que ningún otro.
Es de advertir que no es, el aforismo, sensu stricto, una obra literaria que se preste al juicio crítico al uso. Sin embargo, en su brevedad, cada aforismo contiene sustancia para alimentar toda una obra literaria, todo un pensamiento metódico. Tal como nos ha querido recordar Sánchez Pascual, el aforismo no es sino una forma filosófica cuya rotundidad y autonomía son el resultado del trabajo del pensamiento; por tal, no solo representa un ejercicio de concentración, sino que va más allá en cuanto que en él están implícitos —y esta es una apreciación muy a tener en cuenta— «lo que se dice y lo que no se dice». Y es que el aforismo es rigurosa y delicada artesanía del pensar…
«En los orígenes —escribe Ruffinalto—, con la palabra aforismo (o bien aphorismo) se aludía a una breve sentencia apta para resumir ingeniosamente un saber científico, sobre todo médico o jurídico». Y recuerda, al respecto, la consabida obra de Hipócrates: Aforismos.
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