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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

En esencia, en todo poeta deberían darse las últimas cualidades del filósofo, pues a él, al poeta, le atañen los secretos de la vida como a nadie, y a él corresponde el revestir de belleza cada palabra, cada oración que explique el día y su secreto, el amor y su espera, el tiempo y su muerte en atención a la medida del hombre.

Nadie, es verdad, ha querido (o sabido) relatar hasta ahora el mítico silencio de la flor (y los detalles espirituales de su hermosura, y el secreto de sus proporciones, y las múltiples historias que guardan cada una de ellas luego de una vida tan expuesta, serenada y fecunda) pero así lo hemos aceptado hasta hoy como si tal ausencia formara parte de nuestro silencio. Pues bien, acaso por lo mismo (la grandeza de algo tan frágil y perecedero como el hombre) tenga jamás un único testigo letrado de su armonía. Pero no importa, ya hemos aceptado que el hombre es uno de los secretos mejor guardados de la Naturaleza; de ahí que hayan aparecido, en un momento dado, Dios y el amor como una forma de límites, de referentes, que aún con toda su significación no han alcanzado a establecer plenamente las interioridades del ser: del ser vagamundo y del ser ahíto de poder, de aquel que anhela únicamente su obsesión y aquel que carece incluso de su sombra…

En el poeta ha de tener cabida necesariamente la certeza. Y por ende la duda. La certeza como virtud y la duda como prevención. La certeza como alegría y la duda como silencio, como reflexión.

Medio de comunicación: Todoliteratura

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