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Tierra arrasada, de Alfredo González Ruibal. Crítica. 2024

Guerra es sinónimo de destrucción en sus múltiples acepciones inacabadas. Y una sola: muerte, desaparición.

Lo curioso es hasta qué punto, con todo su contenido de acababilidad y desaparición, haya tenido desde siempre tanto predicamento dentro de la simbología vital del ser humano; y digo curioso por cuanto al hombre le va todo el empeño en ello: su propio acabamiento, su propia destrucción. (Y si bien en su resolución positiva, digamos, el que mata, resulta triunfador, no tardará en venir aquel cuyo protagonismo adquiera relieve gracias al acabamiento de este: sea por el método que fuere, sea del modo como fuere: ¡Ay, la triste guerra del hombre en guerra!, tal como se lamentaba el sabio).

El texto de nuestro autor, siempre siguiendo con rigor y método y conocimiento los largos avatares que atañen a la guerra en la vida del hombre, nos sitúa en una posición privilegiada para ser observadores críticos de esta perdurable realidad por cuanto nos transmite datos y situaciones prácticas desde su lado del conocimiento: su condición de  arqueólogo, conocedor de la historia de la humanidad a través de los restos de sus habitantes y, con carácter específico, estudioso de las circunstancias habidas en las grandes masacres históricas. Por ello su testimonio está tan lleno de realismo como de expresividad cuando se refiere, al ritual de las armas: “La costumbre de arrojar armas y adornos a las aguas o esconderlas en afloramientos rocosos está bien atestiguada desde el Calcolítico y alcanza su apogeo (o su paroxismo, según se vea) durante la Edad del Bronce. A partir sobre todo de 1500 a.C., las aguas de Europa se llenaron de armas y se continuaron llenando hasta los inicios de la Edad Media”

Al fin, la guerra, es cierto, sigue de algún modo perpetuándose en la memoria como una costumbre y un mal.

Medio de comunicación: Culturamas

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