Naufragio y peregrinación, de Pedro Gobeo de Vitoria. Crítica. 2023
Navegar es vivir, lo sabe todo marinero. Navegar es ser, lo sabe todo hombre de bien. Navegar es… gozo y dolor, aventura y calma, pasado y futuro en la memoria, en el corazón.
Esta hermosa narración lo tiene todo, y todo lo contiene dentro de una calidad literaria seductora a la que es difícil que el buen lector se pueda resistir. Desanimado y con el ser incierto luego de una malhadada travesía, escribe Gobeo en un pasaje: “Comencé a cavar mi sepultura con mis propias manos, ayudándome de una conchuela que había traído de la playa para el efecto y de las muchas lágrimas que vertía, pues al ser tantas, aun cuando la tierra estuviera dura se ablandara”.
Aún así, en tal situación, cavaba en un espacio que se podría decir guardaba algo de esperanza; el lugar “era estrecho, rodeado por todas partes de peñascos altísimos, tanto que por partes se perdía el cielo de vista. Me pareció a propósito este pequeño sitio –por tener el suelo de arena (nunca lejos del mar)– y acomodado para hacer un hoyo en que vivo enterrarme, y también porque desde allí divisaba el cielo”, que es como decir, divisar una forma de destino plácido, como cuando el marinero emprende aventura al navegar…
La prosa es sobria, limpia, descriptiva, y la narración, así, se deja llevar –y nos lleva- como una antigua y aceptada compañía.
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