Como decía don Álvaro. Ricardo Martínez-Conde.
Mondoñedo, lugar de nacimiento del mágico escritor Álvaro Cunqueiro, está situado al fondo de un valle fértil desde el que a lo lejos se intuye el camino del mar. Su ubicación natural se halla en los comienzos de la ladera hacia una alta sierra. Allí se juntan los aires fríos del monte con los salinos provenientes de la vieja mar, ofreciendo como paisaje un verde reluciente en los días soleados del otoño y un casi perpetuo paisaje de nieblas ensoñadoras en invierno.
Pronto, al parecer, se inició su afición a los libros en esa pétrea ciudad que es sede obispal (“a min, si non fora polo que me gustan as mozas, houbérame gustado ser arzobispo de Manila”) y de ahí a la dedicación a la escritura no hubo sino un paso natural.
Nació bajo el influjo de dos lenguas, las cuales había de cultivar con rara hermosura y musicalidad, y se sabe que pronto venció los problemas de la diglosia haciendo hablar, en sus primeros cuentos de aventuras, a los indios en gallego y a los vaqueros en castellano…
Cunqueiro, al fin, había de llegar a ser uno de los escasos ejemplos de escritor que, se puede decir sin rubor, con su obra enriqueció nuestros sueños, alimentó nuestro enamorado corazón y, por todo ello, es capaz de alargar todavía hoy nuestra vida más allá de la estrecha y tosca realidad que nos acucia.
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