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Díaz Caneja: refutación de la sombra

El primer cuadro que reclamó mi atención (y que luego había de ejercer la función de «a modo de prólogo» respecto de los otros) fue «Paisaje con casa”. Hay una primera forma de vivir el cuadro, y ella es a través del silencio. Ese es el estado de ánimo que exige, esa la confabulación. Y no porque sea silencio exactamente lo que vive dentro del cuadro, pues éste bien podría estar lleno de rumores, de algún sonido lejano, de un vuelo inesperado que, por un momento, distraería pero a la vez daría razón de ser al espacio vacío; sino porque silencio es lo que exige para ser mirado y, aún más, percibido.

El espacio pintado nos lleva en un pronto a pensar en una forma genérica próxima al cubismo (quizás esa casucha paralelepípeda, sola, irregular en su textura material, casi en el centro del cuadro, resaltadas su soledad y verticalidad por el paisaje extenso -¿vacío?-, casi horizontal, del resto) pero enseguida el ojo ha de reparar en la entraña del espacio pintado, en el color: ocre, amarillo, cobalto, gris, azul…; y todos y cada uno de ellos, a su vez, sin ser ese mismo color, sino sumidos en una simbiosis de influencias, de interrelación, de sesgo próximo al sueño donde cada cual prescinde de su inflexible identidad para ser el otro…

Siempre habrá una única obra para un único autor. Así es el arte. Cada pieza no es sino un segmento que complementa al anterior y, a la vez (¿podría decirse sin una predisposición manifiesta?) condiciona o se adapta en rara armonía con el siguiente.

Medio de comunicación: Todoliteratura

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