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El silencio y la sombra

La sombra ha de ser otra forma de conocimiento. Ha de representar, como complementario, otra forma de mirar: no hacia fuera, sino hacia dentro. Ella ha de propiciar, digamos, la introspección; ha de ser una invitación a ello. De algún modo ha de hacer buena la raíz etimológica de inteligencia: inter-legere (leer dentro, leer hacia adentro).

Pensemos que en el círculo de la luz, en el dominio de su influencia, está lo obvio. Es a partir de esa premisa cuando al hombre ‘comprometido’ le corresponde la labor de analizar con minuciosidad, de leer más allá de los intersticios donde radica el nexo de unión, de apreciar el verdadero contenido o significado (habiendo de reparar, para ello, ‘entre la luz’). De ahí, quizá, ‘El elogio de la sombra’ o ‘El caminante y su sombra’ como títulos que nos inducen a considerar algo más —algo más allá— aquello que se muestra, aquello que aparentemente resulta palpable y definido…

La moneda, pensemos, es la cara que vemos, y su anverso. La luna es lo que vemos y lo que no vemos. Así es lo verdaderamente real; así exige considerarlo a la inteligencia y la verdad. La sombra, entonces, es un bien, al margen de su simbología negativa, pues completa o complementa la figura verdadera (o su significado).

Medio de comunicación: Entreletras

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