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Este volumen reúne pequeñas ficciones, escenas de observación, apuntes autobiográficos, diálogos, meditaciones, parábolas, ejercicios de humor, recuerdos y fugaces iluminaciones que constituyen una suerte de cifra secreta de lo cotidiano. No se trata tanto de narrar acontecimientos como de descubrir, en aquello que normalmente pasa inadvertido, la posibilidad de una revelación. Con humor, ironía y una imaginación que se desplaza sin advertencia entre la realidad y el sueño, estos textos proponen mirar las cosas hasta que comiencen a decir algo distinto de lo que parecían decir: una bicicleta, un pájaro, una ventana, una conversación, un amigo ausente o una imagen detenida pueden abrir de pronto una puerta hacia el deseo, la muerte, el misterio de ser quienes somos, qué significa estar aquí o de qué manera el tiempo transforma aquello que creemos recordar.

Una fotografía, por ejemplo, aparece como una forma rudimentaria de inmortalidad. En «Agua», la fotografía conduce a una reflexión sobre la memoria y sobre el tiempo, y el agua se convierte en su símbolo natural: aquello que vemos es siempre lo mismo y, sin embargo, nunca es idéntico a sí mismo. El río parece conservar su nombre mientras pierde, a cada instante, la materia que lo constituye. Algo semejante sucede con nosotros.

Tal vez por eso la memoria ocupa un lugar tan decisivo en el libro. Recordar no significa recuperar el pasado, porque el pasado no permanece en ninguna parte esperando ser encontrado. Recordar es producir nuevamente aquello que se perdió. Toda memoria es, por tanto, una forma de imaginación. Y toda imaginación, si se prolonga lo suficiente, corre el riesgo de convertirse en memoria de algo que jamás sucedió. En Escúchame, por favor, esa frontera es deliberadamente incierta. Una bicicleta puede contener la infancia. Una prenda de vestir puede conservar el cuerpo que alguna vez la habitó. Una caña de pescar puede ser más fiel a una persona que una fotografía porque conserva no su rostro, sino su gesto. Un animal puede guardar la memoria familiar que ningún archivo registra. El escritor no necesita decidir dónde termina la realidad y comienza la ficción. Le basta con mostrar que ambas son inseparables.

La escritura del autor prefiere la digresión a la conclusión, conservando abierta la posibilidad de otro camino; por eso, quizá, el libro parece una conversación. Los paréntesis, las preguntas, las interrupciones, las asociaciones y los cambios de registro no son meros accidentes de estilo: la prosa se convierte en una especie de cámara lenta del pensamiento y el lector, al seguirla, deja de ser un espectador pasivo. Se convierte en parte de ese diálogo sugerido por el título. «Escúchame».

Género: Microrrelatos
Lengua: Castellano
Editorial: Zadar
Año: 2026