Kafka: una meditación
Pocas veces, en verdad, podría decirse tan rotundamente de un autor que su obra, de una manera casi palpable, muy vívida, constituye y justifica y explica su propia personalidad. Ahí no hay juegos con la ficción, afeites o disimulos que valgan. La obra de Kafka es un monumento a la sinceridad. (A pesar de ello, algunos de los que le conocieron bien dicen que, en ocasiones, por las noches, al escribir, sonreía. Sonreía con una expresión de ironía en su rostro. ¿Sería ese todo su tributo a la ficción, una ficción que se quedaría para el interior de sus propios sentimientos? ¿Habremos de escrutar todavía más allá de lo conocido en su obra para encontrar alguna nueva explicación, para desvelar algún secreto?).
Kafka ha abundado reiteradamente, a lo largo de sus elaboradas páginas, en su personaje, en el poliédrico personaje de sí mismo, y todo cuanto hubo acontecido al margen de él, pero en relación con él, no viene a ser sino el engrudo que enlaza entre sí las circunstancias de una vida: la que ha venido, a la larga, en ser la suya…
Kafka vivió su yo bajo la sombra. Bajo una sombra esquiva, gigante y permanente que habría de definir su personalidad y su obra.
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