Los héroes griegos, de Karl Kerényi. Atalanta. 2026 (3.ª ed.)
El héroe es el ejemplo, del valor y las características que fuere, porque nos recuerda el bien de lo extraordinario cuando ello equivale a entrega, a decisión constructiva hacia sí propio y hacia los otros como una forma de virtud.
Suficiente razón, pues, para que a lo largo de la historia, a lo ancho de la literatura, fuese objeto, su figura, de exaltación y ejemplo. De alguna forma representan cómo un bien cuyo origen suele ser físico por su valentía en el riesgo, en la guerra, también sustenta un bien devenido en la moral del individuo actuante cada día dentro de una realidad –la de esos días- cada vez más confusa, más equívoca por razón de tantas fake news tanto periodísticas como, casi siempre, políticas.
Los griegos y los romanos, detentadores de cultura, nos transmitieron el elogio del héroe de las más distintas maneras. En el caso que nos ocupa, uno de los más representativos, como actitud, el profesor Kerényi nos relata la valía de Sísifo de un modo tan real como poetizado (otra cosa será lo que el lector, el coautor leyente, quiera luego interpretar de la lectura). En el párrafo alusivo, después de narrar la circunstancia material del aludido, se nos dice: “En el Inframundo empuja eternamente una piedra. Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza la hacía recaer otra vez y, rápida, rodaba hacia la llanura”…
Héroe es, también, aquel que nos redime. Su heroísmo, que se recoge en los diccionarios como el del gesto valiente y arrojado, supone, convengámoslo, un bálsamo recuperador: para nuestra débil voluntad, incitándole a actuar; para la moral quebradiza que nos atenúa la disposición generosa; en fin, para la conciencia lábil que nos acompaña.
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