El escritor se aleja deliberadamente de la cronología narrativa tradicional: la memoria funciona aquí como instrumento de interpretación del presente. El autor lo deja claro al insistir en la fragilidad del recuerdo y en su condición necesaria de recreación emocional. Quizá por eso la prosa es lenta, meditativa, cargada de incisos y digresiones que imitan el fluir del pensamiento. Este ritmo pausado refuerza la sensación de intimidad, aunque exija del lector una atención constante. La experiencia personal se eleva así a una consideración ética y filosófica, donde episodios cotidianos adquieren valor formativo y simbólico. Episodios aparentemente menores —un partido de fútbol en la playa, una herida infantil, una humillación escolar— adquieren densidad simbólica y funcionan como escenas fundacionales del carácter. El niño que recuerda es ya, claramente, el adulto que piensa…
La experiencia individual se convierte en materia de indagación universal, que invita al lector a mirarse con la misma honestidad incómoda con la que el autor se mira a sí mismo y ofrece, a cambio, una exploración rigurosa y honesta de la memoria como fundamento de la identidad.
Es necesario, y justo, hablar de las lágrimas en la vida
de un hombre. Es una referencia, un pilar esencial.
Asociada como va a ellas la soledad adquiere el grado de
inevitabilidad, de función primordial. ¿Qué somos sino
memoria, lo que creemos que somos?
*
De niño (¿he sido niño alguna vez? ¿no he sido niño alguna
vez?) recuerdo que tenía las manos calientes. Jugaba en la playa:
por las rocas, corriendo; subiendo a una batea varada que
asemejaba a un castillo… Y las manos siempre calientes.
¿Un signo distintivo relevante?
¿Una propensión a la nostalgia?, pienso
Género: Ensayo
Lengua: Castellano
Editorial: Zadar
Año: 2022
