Toda definición es, por principio, parcial. Más todavía la autodefinición. Teniendo en cuenta esta premisa, quisiera decir que para mí la escritura sigue siendo una reveladora de misterios. Su práctica bien podría asemejarse a esa labor precisa, minuciosa, de limpiar las esquinas en una superficie aparentemente limpia. Aparentemente.
La superficie sería el ser (o el no ser) del hombre: esa forma de soledad que llamamos hombre y que, inquieto desde siempre por preguntas sin respuesta, anda durante su vida en busca de una solución (o, cuando menos, una explicación) al misterio incomprensible de su fin. Para obtener eso, por sí mismo y por sugerencia del escritor, tiende a la claridad, a obtener definitivamente esa noble libertad de saber quien es él mismo.
El escritor, entonces, sería el grave interrogador, el que hace la invitación a la libertad de ser. Una proposición que comienza desde luego en sí misma. Ahora bien, ¿qué hacer?; ¿como hacerlo? Una forma aproximada sería, como sugirió en su día Juan de Valdés, emplear, a la hora de escribir, «un estilo natural, sin afectación ninguna, solamente teniendo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que se quiere decir, y decirlo lo más simple posible».
Así me gustaría hacerlo: con el fin de alcanzar, para mí y para ti, lector, una aproximación a las graves preguntas, a las eternas dudas.
