Soy un hombre solo. Joan Vinyoli. Galaxia Gutenberg. 2024
Así es tal como el poeta nos habla: “Los árboles gemían/ y todo era grito oscuro/ que venía de lejos/ y nada era comprensible/ y nada ya alcanzaba lo que tanto/ deseaban las manos: no sentirse vacías del todo”.
Estoy por decir que el poeta no evoca a la soledad, sino que la invoca, y en tal sentido hace una comprensión de la realidad y de sí mismo sin que la hipotética soledad sea tal, sino la reminiscencia de un deseo de palabra, de comprensión. El ejercicio poético, así, no resulta un discurso cerrado nunca, sino abierto, expuesto a lo sencillo de la realidad y, al tiempo, al silencio necesario para sentir ese todo real, incluido el propio valor intrínseco de la soledad. De la que no huye, sino invoca y canta. Lo que equivale un tanto a decir que canta a lo que tiene, a sí mismo y a su ser necesario.
Si tal es la tarea, y aquí es donde el poeta se mnifiesta más como tal, a mi entender, entonces él mismo recurre a sí pero a su mayor valor, a su palabra, tan amada, significativa y dentro de el. Y si él no la tiene en el momento exigido, puesto que sabe dónde hallarla acude a otro poeta, por qué no. El caso es el recuerdo y vivencia ensalzados no del poeta, sino de lo poético…
Un hombre solo, en poesía, conlleva ya un marchamo de significación, de trascendencia; cualquier lector atento así lo interpreta. “En cualquier caso –leemos en la fecunda introducción de Josep M. Sala que anima y conduce el libro- la experiencia en la obra de Vinyoli arranca de sus vivencias, como no podía ser de otro modo, pero incluye una inmersión, la verbal, que conjunta sentido y sonido, verdad de la vida y verdad del poema”.
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